domingo, 22 octubre 2017
Radioaficionados

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“RADIOMANÍA”

Isidoro Ruiz-Ramos – EA4DO
Trabajo No Publicado anteriormente

Cuando a partir de 1923 comenzó a desarrollarse en España el interés por la “Telefonía Sin Hilos”, o “Radiotelefonía”, como consecuencia no sólo de las noticias que llevaron los periódicos sobre el nuevo invento sino también por la actividad que desarrollaron desde su fundación, en 1922, el Radio Club de Cataluña, en Barcelona, y el Radio Club de España, en Madrid, el número de interesados en el tema evolución en constante progresión geométrica.
Tanto fue así que ya en los últimos meses de 1923 y en los primeros de 1924 se desencadenó un verdadero furor por tratar de escuchar no sólo las emisiones de la pionera estación
madrileña Radio Ibérica sino también los partes meteorológicos de otra oficial situada en Carabanchel. Para ello, los que quisieron experimentar el placer de lograr captar las señales radiotelefónicas, utilizaron dos procedimientos: Uno consistió en el empleo de sencillos receptores de galena en los que hubo que pinchar repetidamente el mineral de plomo hasta captar la emisión, y el otro fue adquirir alguno de los pocos y excesivamente caros aparatos provistos de lámparas cuya sintonía también ofreció cierta dificultad. Así, con tan distintos medios técnicos surgieron dos tipos de “Radio-aficionados” bien diferenciados: los “galenistas” por un lado y los “lampistas” por otro; conociéndose al conjunto de todos ellos como “radioistas”, “escuchistas”, “escuchófilos”, etc. Entre aquellos aficionados atraídos entonces por la “T.S.H.” se encontró mi propio abuelo, quien después de haber comprado a mi padre, EA4DO, un receptor de galena Marconiphone Crystal Junior en 1923, un año después adquirió un aparato de lámparas marca Iberia.
Pero aparte de los cientos de “Radio-aficionados” que pusieron todas sus
esperanzas en recibir los “radio-conciertos” emitidos por Radiotelefonía, un pequeño número de interesados en la emisión comenzó a poner sus señales en el aire en algunas ciudades españolas a modo de cómo lo hacían las broadcastings o radiodifusoras extranjeras. Por lo cual, a ciertas horas del día o noche emitieron ante el micrófono la música grabada en los discos de gramófono y también la codificada en los rollos de sus pianolas, intercalando noticias, conferencias, etc.
Tras haber iniciado en Madrid tales emisiones a finales de abril de 1924 el bilbaíno Vicente G. Camba a su paso por la Villa y Corte, seguidas poco después por las de Rafael Pacios identificándose como “9RC”, y más tarde por las de Miguel Moya poniéndolas <<on the air>> con
el distintivo “1RA”, 1 RadioAficionado”, otro de los primeros “radiopitas”, como se les comenzó a llamar entonces, fue el ingeniero Antonio Ochoa que tuvo su “radio transmisora” en la madrileña Ronda de Atocha. Una estación que con el paso de las semanas se la escuchó en el “éter” como “Radio Olímpica” u “Onda Olímpica”.
Pues bien, centrándonos en la actividad radiodifusora de Antonio Ochoa situémonos ahora hacia finales de mayo, o primeros de junio de 1924, cuando se esperaba que un día u otro se autorizase finalmente la Radio en España. Ante el furor imparable de la población por disfrutar de la Radiotelefonía, el Ingeniero Ochoa decidió llevar en tales fechas ante al micrófono de su estación al médico e “inteligente radioaficionado” Dr. Antonio Azpeitia para hablar a sus oyentes sobre lo que se consideró…

 

Una nueva enfermedad

 

Publicado en la revista Radio Sport.- Año II, número 8 – agosto de 1924.
(Conferencia transmitida desde la estación del ingeniero Ochoa por el inteligente radioaficionado Dr. Azpeitia.)

 

Señoras y señores radioaficionados. Perdonad que durante breves momentos distraiga vuestra atención y os prive de oír la música y la charla siempre amena de nuestro querido y común amigo Sr. Ochoa.
Yo me imagino y hasta creo adivinar el gesto que habréis hecho al anunciaros que un médico va a dirigiros la palabra.
Muchos de vosotros habréis experimentado una satisfacción y estaréis disponiendo vuestros aparatos receptores a prueba de sintonía, procurando que no se os escape una sola silaba de esa serie de palabras raras que componen el vocabulario de la medicina. Otros, por el contrario, habréis recibido la noticia con cierto desagrado, pensando que un médico no debe hablaros más que de enfermedades, lo cual significa recordaros tristezas en un momento poco oportuno, puesto que todos seguramente todos los que me escucháis os halláis contentos y satisfechos de la vida, disfrutando de las maravillas de la radiotelefonía. Pero en fin, como todos sabéis hay un refrán que dice «Zapatero a tus zapatos», por ello no tengo más remedio que sentirme médico en este momento.
La enfermedad a la cual voy a referirme es quizá la que con más justicia puede recibir el calificativo de enfermedad de moda. Actualmente se halla extendida por todo el mundo y pueden contarse por millones el número de personas atacadas. Es seguramente la más contagiosa de todas las conocidas pero afortunadamente no reviste gravedad alguna. Además su etiología, es decir, su causa, está perfectamente conocida y por lo tanto hay mucho adelantado para combatirla eficazmente. Así pues no asustaros porque no pienso entristeceros lo más mínimo.
Y como supongo que todos estaréis deseando conocer cual es esa terrible enfermedad, voy a desvanecer en este momento vuestras dudas; se la conoce con el nombre de Radiomanía.

Seguramente, al oír su nombre vuestros pechos habrán iniciado una profunda inspiración como señal de haber recobrado la tranquilidad perdida. Por lo tanto espero que seguiréis escuchando con más gusto.
La Radiomanía es una enfermedad infecciosa, contagiosa y específica, que tiene como agente casual la onda Hertziana.
Su distribución geográfica corre pareja con la mayor densidad de población y mayor grado de cultura. Podemos decir que se halla universalmente extendida; pero donde con más fuerza siembra sus estragos es en los Estados Unidos de América y en la Europa Central. La invasión en España es relativamente reciente; su aparición en forma epidémica cuenta muy pocos meses todavía siendo el foco de mayor importancia la población de Madrid. En las demás provincias el número de radiomaniacos en proporción con el de habitantes es escaso; pero no es atrevido suponer que pronto invadirá en las mismas proporciones alarmantes al resto de España.
La etiología de la Radiomanía como dije antes es perfectamente conocida, su germen específico, la onda Hertziana, se propaga a través del espacio con una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, lo cual explica cuan peligroso es éste agente patógeno capaz de infectar en un instante a personas alejadas miles de kilómetros del foco productor.
A semejanza de lo que ocurre con otros gérmenes capaces de producir la enfermedad, o sea con los llamados microbios, ninguno de nuestros sentidos son impresionados directamente por la onda Hertziana. Aunque parezca un absurdo, nuestros órganos sensitivos son afortunadamente lo bastante imperfectos para que no veamos lo que no debemos ver ni oigamos lo que no debemos oír. Si para descubrir aquellos se precisan los poderosos aumentos del microscopio, para descubrir la onda son necesarios también esos aparatos especiales que todos conocéis con el nombre de receptores. Así como entre los microbios encontramos formas tan distintas y dentro de una misma especie razas que difieren en su morfología y en sus propiedades más o menos virulentas, también las ondas Hertzianas presentan diferencias que se caracterizan por su mayor o menor longitud y el número de vibraciones que efectúan en un segundo tomado como unidad de tiempo. También entre ellas existen grados de virulencia habiéndose observado que muchas, a manera de las bacterias saprofíticas, son completamente inofensivas, otras por el contrario son intensamente virulentas. A las primeras corresponden las llamadas extra-cortas, que no son más que del dominio de los investigadores de laboratorio, y también las que se encuentran por encima de los 2.500 metros de la longitud. Por lo tanto las más peligrosas son las que su propio nombre las califica como llamadas ondas medianas, entre las que existe una variedad comprendida entre los 300 y 400 metros que son peligrosísimas. El motivo de que estas últimas sean las más temibles, es sencillamente porque se introducen en nuestro organismo de un modo verdaderamente agradable; son las portadoras en general de la música y la poesía y creedme señores que ante forma tan agradable de enfermedad es muy difícil oponer resistencia. En cambio las ondas largas solamente se complacen en herir nuestro oído con una serie de sonidos más o menos musicales, unas veces cortos y otros largos que en ocasiones quieren disputarse el campo de las anteriores, lo cual nos obliga a revelarnos contra ellas y poco a poco reducirlas a la esterilidad por falta de función.
Poco puede decirse respecto a la inmunidad tanto natural como adquirida. Desde luego es enfermedad exclusiva de la especie humana y dentro de ella de las razas civilizadas. Parece ser que el sexo influye mucho para la adquisición de la radiomanía, hallándose un porcentaje mucho mayor entre el sexo masculino y presentando siempre caracteres más graves, lo cual denota un cierto grado de inmunidad en la mujer pero de ningún modo una inmunidad completa.
La inmunidad natural se ha comprobado únicamente en los niños menores de cinco años y en los que padecen sordera bilateral congénita.
La inmunidad adquirida no está demostrada todavía, pues se encuentran casos de poca agudeza auditiva (por no llamarlos sordos) que debían ser los más apropiados para esta clase de inmunidad y sin embargo utilizando amplificadores potentes llegan a ser radiomaniacos, cosa comprensible porque gracias a este procedimiento disfrutan de la música y hasta llegan a olvidarse de su defecto físico.
La propagación de la enfermedad tiene una estrecha relación con la época del año pues se desarrolla de preferencia en la estación fresca. Principia ordinariamente a fin del otoño, alcanza su máximo en el invierno y declina, pero no llega a cesar, en los meses de estío. Es indudable que el origen de que esto suceda es sencillamente debido al mayor o menor número de horas que permanece el sol en el horizonte. Ese magnífico y beneficioso astro, que tanto bien hace a la humanidad destruyendo y esterilizando con sus radiaciones a infinidad de seres patógenos, no podía permanecer pasivo ante este nuevo germen y en efecto vemos que mientras el sol brilla resplandeciente, los dominios de la onda se reducen en proporciones considerables y que su alcance queda limitado a un perímetro de pocos kilómetros.
Ahora bien, ¿por qué mecanismo se verifica el contagio de la enfermedad? Todos sabéis que existen un gran número de infecciones que no las adquiere el hombre directamente y que es preciso que otro organismo sea capaz de cultivar el germen para luego transmitirlo. Numerosos ejemplos podía poneros de enfermedades que se contagian por este medio, pero no lo hago porque sería tanto como no cumpliros la palabra que os prometí al empezar a hablaros.
Pues bien, la radiomanía se contagia de hombre a hombre pero es preciso que así sea ya que la onda por sí no es capaz de producir la enfermedad. Ejemplo de ello es la infinidad de pueblos que se hallan todavía libres de tal dolencia y sin embargo en todo momento el éter que los circunda se halla agitado en todas direcciones por las vibraciones de infinitas ondas.
Los síntomas que principalmente la caracterizan dependen casi en su totalidad del sistema nervioso. El periodo prodómico o inicial se manifiesta por una especie de inactividad muscular y sensitiva pues todo nuestro organismo se reconcentra en un solo aparato, el aparato auditivo. El enfermo entra en una fase de postración que se manifiesta por una gran tendencia a estar sentado ante una mesa, de esta manera se pasa horas enteras dirigiendo pinchazos a un pequeño trozo de esa piedra atrayente y fascinadora que se llama galena. De pronto es impresionado vivamente por un rumor que alcanza sus oídos en forma de música lejana y desde aquel momento estalla en él un periodo de excitación que se manifiesta por obligar con viva fuerza a todos cuantos le rodean a escuchar aquellos armónicos misteriosos que parten del auricular.
Poco a poco la enfermedad progresa y el radiomaniaco siente una verdadera necesidad de ensanchar su campo de acción. Le es preciso oír lo que ocurre en el extranjero, la música de sus compatriotas y los vecinos próximos no le satisfacen y desde aquel instante entra en el periodo verdaderamente grave de la enfermedad.
Por lo general, al iniciarse este nuevo estado el enfermo es preso de una gran irritabilidad, molestándole todo cuanto le rodea y llegando muchas veces a una susceptibilidad agresiva con les miembros de su familia, amigos, criados y principalmente contra otros compañeros radios que se complacen en mortificarle con los silbidos intempestivos de su reacción. (Se refiere a los producidos por los clásicos “receptores de reacción” de la época).
Después de algún tiempo, más o menos largo según las actitudes físicas del sujeto, es sustituido este periodo de irritabilidad por otro de delirio de grandeza que se manifiesta por una exaltación sensorial en forma de hiperestesia del oído. A este grupo pertenecen todos aquellos que pretenden con sus audiciones verdaderamente fantásticas empequeñecer a los demás.
También se observa con bastante frecuencia entre los radiomaniacos un síntoma conocido en medicina con el nombre de mitomanía, y que se define de la siguiente manera: la tendencia patológica más o menos voluntaria y consciente a la mentira y la invención de fábulas imaginarias.
El delirio de persecución queda reservado a los que no conformes con escuchar todo cuanto pueden, sienten la necesidad imperiosa de ser escuchados y adquieren o se construyen un aparato transmisor. Esta clase de enfermos consideran a todos los demás que son capaces de transmitir como formidables enemigos, y creen que todo cuanto aquellos hacen es únicamente con propósito de molestarle.
Estos son los rasgos más característicos del radiomaniático. Muchos más síntomas, aunque de menos importancia, podría citaros, pero no quiero entreteneros más tiempo.
Y para terminar os diré cuatro palabras solamente respecto al tratamiento; en realidad, hoy por hoy, no existe ninguno adecuado; desde luego el más radical sería suprimir en absoluto todos los focos emisores, pero desgraciado del higienista que se atreviera a proponer tal medida. Son ya tantos los atacados de este moderno mal, que una profilaxis de esta naturaleza es seguro que daría lugar a un conflicto de orden social. Otro tratamiento que puede ser de resultados positivos es precisamente lo contrario del anterior: un gran número de ondas en el espacio, todas ellas de características parecidas, se destruirían mutuamente dando por resultado la imposibilidad de escuchar y, por lo tanto, la desaparición de la enfermedad.
Opino que uno y otro procedimiento son poco racionales y que todos debemos tender a que la enfermedad no desaparezca por completo, pero si atenuarla y convertirla en una agradable afición. Para lo cual precisa que la radiodifusión en España sea pronto un hecho y que su organización y desarrollo demuestren, una vez más, que tanto la cultura como la inteligencia española pueden ostentar un lugar preferente entre las naciones civilizadas.

DR. A. AZPEITIA